sábado, 7 de marzo de 2015

Peñiscola desde La sonrisa de La Magdalena

Es para mi un placer que tengas “La sonrisa de la Magdalena” en tus manos y espero que la disfrutes; por eso te pido que, tras su lectura, no permitas que el archivo duerma olvidado en tu ordenador. Solicito tu colaboración para difundirla; contribuye a su difusión pasándosela a alguno de tus familiares, amigos, o compañeros de trabajo.
También te agradezco tu opinión, comentario o crítica; si deseas formar parte de este proyecto no dudes en contactarme.
Con una “Sonrisa”.
                                              Oscar da Cunha 

  http://oscardacunha.blogspot.com                                                     http://lasonrisadelamagdalena.blog.com.es

Con estas palabras presentaba mi amigo alquimista de sueños Oscar da Cunha el que es primer libro de las que éste dice sus veleidades.
Libro como tal nacido en 2012 y que guarda en sus entrañas tantas sensaciones como ese andar mucho y leer mucho que en Oscar es pasión y como tal procura satisfacer.
Haciendo camino al andar conoció Peñíscola y a peñiscolanos como a Julio,hijo y nieto de Doroteas de cuya mesa no es sólo Oscar quien guarda los mejores sabores.
Así llegó La sonrisa de La Magdalena a Peñíscola y así hoy comparto yo este fragmento que por marco tiene esta rural ciudad que a ciertas brujas blancas embruja.

Sea mi  personal homenaje a otras sonrisas,las de Oscar, Lou,Julio y mujeres peñiscolanas como esa Dorotea que ayer, hoy y siempre dejan el mejor retrogusto en los corazones de quienes leyendo mucho y andando mucho hoy llevamos a Peñíscola en los nuestros.
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Sobre las nueve de la noche salí con Marta del hospital...

                                           y nos dirigimos a Peñíscola
                  Paramos primero junto al casco antiguo con idea de cenar.

                  Marta me llevó a un típico restaurante: “Casa Dorotea”.
 Allí, un poco más relajados tras la cena le pregunté:

—¿Como os vais a arreglar ahora?

—Primero, esperar a que Franc se recupere y salga del hospital,después ya veremos. No sé si querrá seguir con el transporte, o pensará en otra cosa.

—¿Podréis aguantar económicamente?

—Si, tenemos algo de dinero ahorrado, no es demasiado pero de momento no hay problema —me contestó.

 La conversación, la cena, y la copa de Benedictine que se tomó tras el café animaron la expresión de sus ojos, y el color volvió a sus mejillas. De nuevo la encontré terriblemente atractiva.

 —¿Le quieres mucho? —pregunté.

 —Si, muchísimo. Franc es el centro de mi vida, es el único hombre que ha sabido entenderme.

 Marta me respondió mirándome fijamente a los ojos.  No me atreví a lanzarle la pregunta que estaba deseando hacerle, pero el brillo de su mirada fue suficiente para que se me acelerara el pulso. Una gran sensación de deseo me invadió, la cogí del brazo y le apremié:

 —¡Vámonos a casa!


 Tenían un chalecito precioso, en las alturas de Peñiscola, con una vista espectacular de todo el puerto y el casco antiguo con su castillo medieval. La fachada era de ladrillo cara vista y un pequeño jardín en la parte delantera de la casa, bordeado por aloes.

 —¡Ponte cómodo! Yo necesito darme una ducha —me dijo.

 Me sentí miserable por agradecerle al destino la situación en la que me había colocado, pero no estaba dispuesto a renunciar a los placeres que tanto había deseado. Sería un hipócrita si afirmase que estaba pensando en cumplir con la misión que mi sobrino me había encomendado, pero contar con su beneplácito le añadió aún más erotismo a la situación.

 Media hora más tarde oí la puerta del baño. Marta se acercó, totalmente desnuda, hasta el sillón donde yo estaba sentado. Al verla, toda duda desapareció de mi cabeza. Yo, solamente era ya un animal en celo, en cuyo horizonte no existían más que sus voluminosos pechos, sus erizados pezones y sus redondas caderas. El vello de su pubis atesoraba la entrada al laberinto de placer en el que tanto había ansiado perderme. Durante unos instantes, permanecí inmóvil, disfrutando de la visión de su cuerpo de irresistible Afrodita. Marta se sentó sobre mis rodillas, y pude sentir el olor de su piel y el calor de su sexo. Con mis manos, recorrí cada rincón de su cuerpo, cada turgencia, la húmeda puerta al abismo de su pasión. Durante horas gocé de su ansia y varias veces me vacié en ella sin conseguir saciar mi deseo. Marta me acompañó a recorrer un mundo desconocido para mí hasta ese momento. Se me ofreció como la guardiana del más delicioso secreto que atesora la unión entre el cuerpo de un hombre y una mujer.

 Nuestros cuerpos aún sudaban cuando la oscuridad empezó a dejar paso a las primeras luces del amanecer.
 El anuncio del nuevo día relajó nuestra pasión, y nos permitió adormecernos unas horas.
Podría continuar horas relatándote el continuo éxtasis en el que Marta me sumergió durante mi estancia en Peñiscola.
Establecimos un círculo cerrado de actividades: visitas a Franc en el hospital, comida en algún restaurante de Castellón...
 y para la cena repetíamos todos los días en “Casa Dorotea”, como catalizador de las pasiones que nos esperaban. 


 El cuarto día de aquél paseo por el paraíso, la visita a Franc en el hospital fue más corta de lo habitual. Después de comer, Marta no necesitó mucho esfuerzo para convencerme de coger el coche y volver a Peñiscola.
Era una tarde calurosa. Al llegar al pueblo no subimos hacia la casa, sino que me indicó que tomará un camino, el llamado de Irta, que saliendo de la población continuaba bordeando el mar en dirección a Alcocebre.
El recorrido se me hizo interminable, se trataba de un camino de cabras que atravesaba una pequeña sierra.
Sufrí por la amortiguación de mí recién adquirido Renault 12, pero la            recompensa valió la pena.

 Al Llegar a una pequeña playa de arena, Marta me hizo parar el coche. El paraje estaba desierto y, ya pisando la arena, ella se quitó la blusa, la falda y el sujetador. Dándose la vuelta para mirarme, se bajó las bragas y me las lanzó a la cara.

 —¡Vamos a bañarnos desnudos! —me gritó.

 Instigado por el aroma de su prenda más íntima, me desnudé y corrí tras ella. El contacto con el agua, que estaba a una temperatura tropical, aumentó más aún mi excitación. Nos besamos, nuestras manos recorrieron los rincones más sensibles de nuestros cuerpos. Abrazado a ella me sacó del agua, y en la misma orilla me tumbó sobre la arena. Al momento, empezó a cabalgar sobre mi sexo mientras yo acariciaba con fuerza sus pechos. La oí gemir al alcanzar el clímax, una vez, dos, tres veces; sin dejar de moverse cadenciosamente hasta que me vacié en su abismo.

 Después, permanecimos largo rato tumbados sobre la arena, experimentando una perfecta sensación de gozo al sentir sobre nuestra piel la caricia del suave sol de aquella tarde de finales de septiembre.

                                             (La sonrisa de La Magdalena. capítulo Seis)